martes, 15 de marzo de 2011

CITA A CIEGAS

Te recuerdo a ti
parada en aquella esquina,
observando los sueños de aquel palacete cultural,
reconstruido en el siglo XVIII, cuyo interior bregaba
por no romper el estallido de estantes y personas
presurosas por hallar entre papel, letras y platino
sentimientos que conectaran con sus destinos.

Me recuerdo a mí
conversando con un colega
sobre el desatino de las citas a ciegas,
unas frutas acarameladas, previo al paso
presuroso de regreso al Jirón Huancavelica
donde tu sonrisa impaciente, princesa, me esperaba.

No sé si fue tu cabello o el perfil de tu sombra
que me hizo temblar al reconocerte siendo tú
estatua de piel y hueso sosteniendo entre manos
un artilugio más de esta sociedad moderna
guía de nuestro encuentro primero.

No sé si fue culpa de Einstein o Newton
que acercándonos previeron mi huída inmediata
como reto vencido por una predecible falla sísmica
donde Freud, Darwin y Weiss juegan una partida
de mano negra, sin descubrir ninguna de sus cartas.

Me recuerdo a mí
una vez más, riendo entre bambalinas
desde dónde mi colega, amante del Palais Concert,
alienta mi cruzada que, sin bandera ni territorio santo,
grita libertad para los pueblos y las mentes de quienes
no se atreven jamás a cruzar descalzos el asfalto.

Hoy, sin ser ausencia,
te recuerdo más a ti siendo lluvia pequeña,
comida y sonrisa rápida, sin preguntas ni respuestas,
apostando todo a ser insano en una sociedad
donde fe y corazón dejaron de ser hermanos.

Pesimista hoy se enfrenta al romance el ser humano
cazador de hechos sin latitudes ni altitudes,
pensador de riesgos al que ningún seguro de vida
tenderá la mano.