lunes, 12 de abril de 2010

Manaña - Escena 2

Si la respuesta más sencilla es aquella donde la suma de dos mitades es siempre y sólo uno. ¿Por qué el camino tortuoso genera imanes inesperados? ¿Por qué la terquedad? ¿Por qué la perenne esperanza en lo desconocido? ¿Por qué creerse discípula de aquella masa que sabe sentir sin perecer?

Como la mañana que se termina cuando va cayendo el sol, así yo quiero verte bailar, cantar, soñar con horarios, estadíos y fechas irremplazables.

Para mí te deseo como calendario lleno de feriados y domingos. Para mí tus deseos y todo aquello que quieras otorgar con libre albedrío, no como demanda sino como regalo, no como promesa sí como intención presa de la locura, de la intrepidez, e incluso de la ignorancia de no saber si son verdad o mentira aquellas posibilidades que sólo dependen del futuro.

Ya no quiero insistir en aquello que genera sólo muerte en la plaza.
Ya no quiero pensar si mañana abogaré una vez más por alegatos que no elegí.
No quiero más causas perdidas.
No quiero menos/más conductas inconexas.

Ser en esencia quien siempre fuí.
Reencontrarme -claro un poco más adulta y contenta-
sin pretender más que la sabiduría que me da
ser hija de la tierra.

Ser otra vez martir, no quiero.
Mendigar por piedad palabras de ternura, no quiero.
Tu mueca fugaz, no quiero.
Tus pensamientos idos, no quiero.

Mañana, cuando despiertes
recuerda cerrar las cortinas tú mismo.

Yo, ya habré partido.